Si algo define al fútbol en México, es todo lo que pasa alrededor, porque aquí, para
ver un partido se arma, se organiza, se improvisa.
Cada cuatro años, y en cada partido, los mexicanos repetimos una misma escena
con infinitas variaciones: alguien consigue la pantalla, alguien lleva la botana,
alguien se pone la camiseta, alguien empieza el “Cielito Lindo” … y, sin darnos
cuenta, ya estamos dentro.
No importa si nos encontramos en el estadio, en la sala de una casa o viendo el
partido desde un aparador. En México, nunca nos quedamos fuera del partido.
Y eso no es casualidad. Tiene que ver con algo más profundo: una cultura donde
pertenecer no es opcional, donde los rituales, desde el cuidado personal antes de
salir hasta la forma en que nos preparamos para un partido, son anclas emocionales
que nos conectan con los demás.
Porque en México, lo colectivo siempre pesa más que lo individual.
De acuerdo con un reporte de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el
deporte es una forma de construir comprensión en torno al valor de los vínculos
comunes: contribuye a la inclusión social y ayudan a las personas a entender su
propia identidad y la de los demás 1 .
El fútbol, entonces, se vuelve el espacio perfecto donde todo eso se amplifica:
fiesta; ritual; personas, muchas personas, millones; euforia y pasión. Es, entre las
tantas cosas que es, la ocasión del más variado ingenio.
Ese ingenio que aparece cuando no hay boleto, pero sí ganas.
Cuando no hay plan, pero sí grupo.
Cuando no hay certezas en la cancha, pero sí una necesidad muy clara fuera de
ella: estar.
● Estar presentes.
● Sentirnos parte.

● No fallarle a nuestro equipo.
Y en ese contexto, el cuidado personal deja de ser algo individual para volverse
social.


Porque en México, la frescura, el olor, la forma en la que te presentas… no son
detalles menores. Son señales, son rituales; son parte de cómo te integras, de cómo
te perciben, de cómo sostienes tu lugar dentro del grupo.
Es ahí donde las marcas que entienden la cultura local, hacen la diferencia.
No las que buscan cambiar hábitos, sino las que se insertan en ellos.
No las que solo hablan de producto, sino las que entienden momentos.
La reciente colección de ediciones limitadas de Rexona inspirada en la Copa
Mundial de la FIFA 2026™ parte justo de ese entendimiento: no solo del fútbol
como deporte, sino del fútbol como un ritual cultural mexicano.
Cada diseño de sus latas de edición limitada, desde el canto que nos une hasta los
símbolos que nos representan, no intenta explicar al aficionado, sino reconocerlo.
Y en un país donde los símbolos importan, estos objetos no se quedan en lo
funcional.

  1. Se guardan.
  2. Se coleccionan.
  3. Se vuelven parte de la memoria.
    Porque en México no coleccionamos cosas: coleccionamos momentos.
    Momentos que tienen forma de gol, de canto, de ídolo, de símbolo.
    Momentos que no queremos soltar cuando el partido termina.
    En ese sentido, cada lata de Rexona se convierte en algo más que un objeto
    cotidiano: es una forma de extender la experiencia, de mantenerla cerca, de volver a
    ella.
    En la Copa Mundial de la FIFA 2026™ todo es posible, pero en México sabemos
    que lo imposible nunca lo es del todo.
    Para los mexicanos la pasión por el fútbol nunca se abandona y hay algo que define
    tanto a este deporte como al país entero: Que pase lo que pase, los mexicanos
    siempre encontramos la forma de no quedarnos fuera.

Texto: cortesía de MM VALUE