En el marco del Foro Económico Mundial de Davos, celebrado esta semana en Suiza, China lanzó un mensaje que marca un cambio estratégico en su papel dentro de la economía global. El viceprimer ministro He Lifeng aseguró que Pekín no solo pretende consolidarse como el principal polo manufacturero del planeta, sino también como un mercado de consumo de alcance global.
Durante su intervención ante líderes políticos y empresarios de todo el mundo, He afirmó que China nunca buscó deliberadamente un superávit comercial, pese a que el año pasado registró cifras récord en su balanza comercial que han generado inquietud entre socios comerciales. El funcionario subrayó que el país está dispuesto a incrementar con mayor vigor sus importaciones para aprovechar su “colosal mercado”.
Este giro en el discurso oficial refleja tensiones crecientes: la segunda economía más grande del mundo ha logrado sortear las políticas comerciales más competitivas y proteccionistas —especialmente de Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump— gracias a una demanda interna relativamente resiliente de bienes manufacturados.
Sin embargo, la persistente dependencia de las exportaciones ha creado excesos de capacidad productiva que ahora exponen a China a posibles represalias de países que buscan proteger sus industrias locales, en un contexto de creciente fragmentación del comercio mundial.
En Davos, He criticó las prácticas unilaterales y los acuerdos comerciales que, a su juicio, han violado normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y erosionado el orden económico internacional, sin mencionar países específicos.
La declaración de Pekín coincide con una preocupación más amplia entre analistas internacionales: si bien China sigue siendo la gran “fábrica del mundo”, su crecimiento económico enfrenta desafíos estructurales. Datos recientes muestran que, aunque la demanda doméstica ha contribuido al crecimiento, esta no siempre ha logrado compensar las debilidades en ventas internas frente al impulso exportador de décadas anteriores.
El intento de reposicionarse como un mercado global de primer orden —más allá de su histórica vocación exportadora— podría tener implicaciones profundas para las cadenas de suministro, los flujos de inversión extranjera y la reconfiguración de alianzas comerciales en Asia, Europa y América. Además, plantea preguntas sobre cómo equilibrar el consumo interno con la competitividad externa en un mundo cada vez más fragmentado y proteccionista.